Desaparecer dos veces: cuerpo y recuerdo

 

Foto cortesía de la GACETA.COM.AR

En cada marcha del 24 de marzo resuena un grito de memoria, pero también un silencio atronador. Decenas de indígenas, al menos 30 afro-argentinos y más de 500 extranjeros fueron desaparecidos por el terrorismo de Estado, pero sus rostros seguían ausentes de los afiches, los museos y los discursos oficiales. La dictadura también fue racista, clasista y xenófoba, y sus víctimas olvidadas marchaban en otras columnas: las de los que aún no tenían nombre en la historia. En un país donde el gobierno relativizaba los 30.000, esta era la otra memoria, la que incomodaba, la que no entraba en los márgenes del relato oficial.

Cada 24 de marzo, Argentina se preparaba para un ritual cargado de ausencias. Las calles iban tomando temperatura, aguantando la respiración antes de estallar. Todavía no llegaban los pasos, pero ya se sentían en el aire. Los cánticos esperaban en gargantas que ensayaban en murmullos, las banderas descansaban dobladas, listas para flamear como gritos de tela. Desde la ex-ESMA hasta Plaza de Mayo, la ciudad empezaba a latir diferente. A las 16:30, cuando Estela de Carlotto, Taty Almeida y Adolfo Pérez Esquivel leían el documento consensuado, la memoria se plantaba una vez más frente al olvido. Y no había vuelta atrás.

Pero entre el estruendo de la memoria colectiva y selectiva, había quienes seguían sin rostro, sin pancarta, sin justicia. Eran los desaparecidos invisibles: los pueblos originarios, los afro-argentinos, los extranjeros. Los que también sufrieron la represión del Estado, pero que, cuarenta y nueve años después del golpe cívico-militar, seguían fuera del foco. Sus nombres no se cantaban en las plazas, sus historias no aparecían en los manuales, sus ausencias pesaban el doble porque nunca fueron del todo reconocidos. En una Argentina donde la memoria tambaleaba y el negacionismo se metía hasta en los discursos oficiales, hablar de ellos era una forma de dar pelea.

Mientras la CGT ajustaba su convocatoria en Diagonal Sur y la UTEP terminaba de acomodar las pancartas en la 9 de Julio, la ciudad comenzaba a cerrarse sobre sí misma. Los cortes de calle, los operativos de tránsito, la falta de policías a la vista no alcanzaban para calmar la tensión. Desde el Gobierno decían que el despliegue iba a ser mínimo, pero la amenaza de represión, presente en cada marcha de los últimos meses, estaba ahí, flotando. Faltaba poco para que las calles estallaran de pasos y de cantos, para que la memoria se hiciera músculo y la historia se escribiera otra vez en cada grito. Porque cada 24 de marzo no solo se recordaba: se peleaba.

Extranjeros desaparecidos durante la dictadura

Según la Secretaría de Derechos Humanos, cerca de 503 ciudadanos extranjeros fueron víctimas del terrorismo de Estado entre 1976 y 1983 (Secretaría de Derechos Humanos, 2015). Muchos fueron capturados en el marco del Plan Cóndor, esa maquinaria multinacional de muerte que selló la complicidad de las dictaduras latinoamericanas con la bendición del silencio internacional.

Nacionalidades destacadas:

En cámara Rocío Jazmín Flores

  • Uruguayos: El grupo más numeroso. Entre ellos, los legisladores Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, asesinados en Buenos Aires. El ensañamiento fue quirúrgico: sabían a quiénes buscaban, qué representaban. Y no se trató de errores ni excesos. Fue doctrina.


  • Paraguayos, bolivianos y chilenos: Refugiados políticos, perseguidos incluso con papeles de ACNUR. Argentina fue para ellos un falso refugio. La complicidad regional selló sus destinos. Muchos fueron devueltos a sus países de origen como mercancía diplomática. Otros, simplemente, desaparecieron.

  • Españoles y franceses: 61 españoles, 22 franceses. Las monjas Domon y Duquet siguen cayendo al mar cada vez que el Estado relativiza la memoria. Francia no olvida, y eso incomoda.

  • Otros países: Italianos, alemanes, británicos, suecos, cubanos, y sí, también japoneses. Como si la sangre no hablara idiomas.



Caso de la comunidad japonesa (nikkei): Una gran pancarta encabezará la columna de la colectividad japonesa este 24 de marzo. Una pancarta sobria, limpia, serena. En ella, 17 nombres: Juan Carlos Higa, Julio Eduardo Gushiken, Carlos Horacio Gushiken, Jorge Eduardo Oshiro, Jorge Nakamura, Juan Takara, Juan Alberto Asato, Amelia Ana Higa, Ricardo Dakuyaku, Norma Inés y Luis Esteban Matsuyama, Katsuya Cacho Higa, Carlos Eduardo Ishikawa, Oscar Takashi Oshiro, Carlos Aníbal Nakandakare, Emilio Yoshimiya y Juan Alberto Cardozo Higa. Diecisiete nombres. Diecisiete vidas borradas con trazo grueso.

Testimonio de Elsa Oshiro: Hermana de Jorge Eduardo Oshiro, desaparecido a los 18 años. "Sabían muy bien a quién venían a buscar", afirma (Asato, 2020). Jorge militaba en el Partido Socialista de los Trabajadores y fue visto por última vez en el centro clandestino "El Campito" en Campo de Mayo. Dejó su cuarto con papeles y con sueños. No volvió nunca más.

Acciones de la colectividad: Surge la agrupación "Familiares de Desaparecidos de la Colectividad Japonesa" (FDCJ). La embajada japonesa —cómplice pasiva durante años— alegó neutralidad. Que eran argentinos, que no podían interferir. Sólo cuando la lucha perseveró, sólo cuando las madres nikkeis siguieron tocando puertas hasta pelarse las manos, la diplomacia se dignó a escuchar.


Indígenas desaparecidos

Falta de registros: La CONADEP no clasificó por etnia, lo que invisibiliza las desapariciones de personas indígenas. Un olvido más. Un borrón sistemático.

Casos emblemáticos:

  • Celestino "Chino" Aigo (mapuche): Desaparecido en 1976 en Neuquén por defender tierras ancestrales (UnTER, 2023). Tenía 22 años. Peleaba por Aluminé. Lo llamaron subversivo. En realidad, era mapuche.

  • Avelino Bazán (kolla): Minero, sindicalista y ex-diputado provincial desaparecido en la "Noche del Apagón" en Jujuy. Lo detuvieron dos veces. La segunda fue definitiva. Su cuerpo no apareció, pero su nombre sí: lo pronuncian hoy los que marchan en Libertador General San Martín.

Otros pueblos afectados: Se registran desapariciones de caciques wichis, líderes tobas y militantes campesinos de Salta, Formosa y Chaco. Eran los que molestaban. Los que frenaban el avance del bulldozer y la soja.

Patrones represivos: No se los desapareció por “ser indígenas”, pero se los castigó por vivir como tales, por defender sus derechos colectivos, sus territorios, sus modos de vida. El Estado avanzó sobre ellos como sobre un territorio enemigo. Hoy, esa misma lógica —con otro ropaje— persiste: los desalojos y el gatillo fácil en comunidades indígenas son herederos directos del “Proceso”.

Testimonios de racismo: En Automotores Orletti, un testigo recordó cómo los guardias se burlaban de los prisioneros indígenas (Agencia Paco Urondo, 2016). No es anecdótico: es estructural. La dictadura también fue blanca, criolla y racista.

Afro-argentinos desaparecidos

Invisibilidad histórica: Durante mucho tiempo se creyó que "ya no había negros en Argentina". El mito fundacional blanco también operó durante el terrorismo de Estado. Ni la CONADEP ni los archivos oficiales registraron la afro-descendencia. Otra desaparición: simbólica, social, identitaria.

Investigaciones recientes: El antropólogo Pablo Cirio (UNLP) documenta cerca de 30 afr-argentinos desaparecidos (Cirio, 2017). Treinta vidas negras silenciadas dos veces.

Casos conocidos:

  • Horacio "el Negro" García: Militante peronista. Su apodo lo dice todo: el color era visible para los represores, aunque invisible para el archivo estatal.

  • Dorita Trinidad: Activista barrial. La llamaban “la negrita combativa”. Hoy sólo la recuerdan en voz baja sus vecinos de Constitución.

Represión con sesgo racial: Testimonios indican torturas agravadas por el color de piel. "A vos, por negro, te vamos a dar el doble", señala un sobreviviente (UNLP, 2021). No se trata sólo de memoria, se trata de cómo la violencia se imprime en el cuerpo. Y en el color del cuerpo.

Memoria y reconocimiento: Organizaciones afrodescendientes han logrado instalar homenajes, como baldosas conmemorativas y material educativo. La resistencia negra en Argentina también es parte del Nunca Más. Y sin embargo, aún se la nombra poco. El racismo estructural dejó una huella doble: la desaparición física y la omisión identitaria.

Una marcha con ausencias

Este 24 de marzo, la Plaza de Mayo fue testigo de una marcha unificada, histórica. Pero los rostros ausentes siguen siendo muchos. No están en las banderas ni en los afiches. No están en los discursos oficiales. No están en las escuelas. No están en los museos. El gobierno actual insiste en relativizar la cifra de 30.000, en reinstalar la teoría de los dos demonios, en exaltar a las víctimas de la guerrilla (Adorni, 2025). Pero el vacío no está solo en la cifra: está en los nombres que no se nombran.

En este país de memoria herida, hay desaparecidos sin foto. Hay pancartas que aún no se imprimieron, madres que no se organizaron, comunidades que no fueron escuchadas. La historia les debe un lugar. Y la memoria, un grito.

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