Asambleas Wiwa: política desde la raíz
Mientras el Estado colombiano ignora sus derechos, el pueblo Wiwa ejerce su autonomía en la práctica: asambleas comunitarias, decisiones colectivas y gobierno propio desde la Sierra Nevada. No piden permiso para existir. Se organizan, resisten y gobiernan.
Mientras el Estado colombiano firma tratados, despliega militares y ajusta presupuestos desde escritorios en Bogotá, hay un pueblo que resiste sin pedir permiso y sin olvidar quién es. Se llama Wiwa. Vive en la Sierra Nevada de Santa Marta. Y aunque históricamente ha sido empujado a los márgenes por políticas extractivistas y promesas rotas, tiene algo que no todos los pueblos pueden reclamar con orgullo: gobierno propio.
Lejos de la lógica vertical y burocrática de la democracia representativa, los Wiwa practican otro modelo de poder. Un poder que se teje en círculo, se alimenta del diálogo y se legitima en el consenso. Se llama asamblea. Y en ella no hay micrófonos, pero sí palabra. No hay títulos, pero sí sabiduría. No hay clientelismo, pero sí responsabilidad colectiva.
Las asambleas del pueblo Wiwa son espacios fundamentales para decidir, organizar y defender. Allí se discute desde el uso del agua hasta el destino de un territorio ancestral amenazado por proyectos mineros, monocultivos, paramilitares o decretos que no consultan a nadie. Participan niños, jóvenes, mujeres, mayores, autoridades espirituales y políticas. Porque aquí no hay ciudadanos de segunda: todos tienen voz. Todos cuentan.
El mundo Wiwa no necesita intérpretes. Tiene su propia lengua, su propia cosmovisión, sus propias leyes. Pero el Estado colombiano insiste en ignorarlas. En tratarlos como “comunidad” cuando en realidad son un pueblo. En imponer “desarrollo” cuando lo que necesitan es respeto. En enviar programas asistenciales cuando lo que exigen es autodeterminación.
La autonomía Wiwa no es una utopía ancestral. Es una práctica política diaria. En las asambleas se decide cómo usar el suelo, qué caminos abrir, cómo resolver conflictos, cómo fortalecer la medicina propia, cómo educar a las nuevas generaciones sin perder la raíz. Y mientras tanto, siguen alertando al país sobre lo que muchos prefieren no ver: que la modernidad extractiva está devorando lo que queda de la Sierra. Y que sin territorio, no hay cultura posible.
El documento oficial de la Dirección de Poblaciones reconoce que los Wiwa enfrentan riesgos estructurales: desplazamientos, violaciones de derechos, falta de consulta previa. Pero lo que no puede medir ninguna ficha técnica es la profundidad política de su modelo de vida. Porque la autonomía Wiwa no es resistencia pasiva. Es una propuesta activa. Una forma distinta de estar en el mundo. Una pedagogía del cuidado, del equilibrio, de la memoria.
Hoy, mientras se debate una y otra vez si los pueblos indígenas “pueden gobernarse”, los Wiwa ya lo hacen. Sin cámaras. Sin titulares. Sin aplausos. Pero con dignidad. Con territorio. Y con la certeza de que su palabra, tejida en asamblea, vale más que mil decretos sin alma.
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