Maleducados: la crueldad con diploma
Hay épocas que no se explican. Se padecen. Y se padecen, sobre todo, en el lenguaje: en la manera en que una conversación pasa de la diferencia a la agresión en cuestión de segundos; en el tono con el que te atienden —o te despiden—; en esa sensación de que la humillación dejó de ser un accidente para convertirse en un recurso. No es que “la gente está más maleducada”, como si estuviéramos hablando de modales. Es otra cosa. Es una atmósfera.
Renata Salecl lo llama Maleducados. La era de la vulgaridad. Publicado en 2023, traducido al español en 2025. Y lo interesante no es el título —que podría sonar a queja de sobremesa— sino el giro: la vulgaridad no aparece como una falla individual, sino como un régimen. Una forma de ordenar el mundo, de producir sujetos, de administrar la convivencia. La grosería ya no es “lo que pasa cuando alguien se saca”: es lo que ocurre cuando el sistema funciona.
La vulgaridad, dice Salecl, está anclada a una ideología que subraya el individualismo, exalta la riqueza material y fabrica un mito cruel: existen elecciones correctas que te conducen al éxito. Si no llegás, elegiste mal. Si sufrís, gestionaste mal. Si te quedaste afuera, no supiste venderte. Es un modelo perfecto porque convierte la injusticia en biografía: cada desgracia se vuelve “responsabilidad personal” y, por lo tanto, deja de ser un problema político.
Ahí está el truco: cuando todo se privatiza —la salud, la educación, el trabajo, incluso el ánimo— también se privatiza la culpa. Y la culpa, bien administrada, disciplina mejor que cualquier policía.
La grosería como política de Estado: cuando el insulto baja línea
Salecl insiste en algo decisivo: la vulgaridad se vuelve “moneda corriente” en el mundo laboral, ancla en la política y se expande al resto del cuerpo social. Y acá conviene detenerse, porque a veces lo normalizamos demasiado rápido. ¿Qué cambia cuando quien gobierna habla como troll y se enorgullece de eso? Cambia todo.
No solo porque “queda feo”, sino porque habilita. El lenguaje no describe la realidad: la organiza. Cuando una figura con autoridad insulta, degrada, acusa sin pruebas o difunde teorías conspirativas, no está “siendo espontánea”: está instalando una regla. La regla es simple: se puede. Se puede hablar así. Se puede tratar al otro así. Se puede destruir reputaciones, se puede deshumanizar, se puede convertir a un sector social en enemigo interno. Y la sociedad, que aprende por contagio moral, lo replica.
Ese es el punto más perverso: la vulgaridad se contagia porque trae recompensa. En política, es identitaria: te da pertenencia. En medios, es rentable: te da audiencia. En redes, es eficiente: te da engagement. La grosería cotiza porque simplifica: no exige pensar, exige reaccionar. Y cuando la política se convierte en un sistema de reacciones, la democracia deja de producir ciudadanía y empieza a producir hinchadas.
La discusión pública se vuelve un ring. El adversario ya no es adversario: es un “enemigo” al que hay que aplastar. Y la idea de convivencia —esa cosa frágil, mínima, civilizatoria— queda reemplazada por una consigna tácita: si no te humillo, pierdo.
El trabajo como teatro: entusiasmo obligatorio, miedo estructural, burnout como síntoma político
Salecl describe cómo en las últimas décadas el mundo laboral cambió de máscara. Antes el trabajo podía ser duro y punto; hoy tiene que ser duro y, además, apasionante. Se espera que seas productiva, positiva, arriesgada, resiliente, innovadora, sonriente. Que te identifiques con la empresa. Que “te pongas la camiseta”. Que disfrutes mientras te exprimen.
¿Y qué produce eso? No solo fatiga. Produce algo más profundo: una forma de crueldad normalizada, porque la precariedad necesita humillación para funcionar. En entornos laborales donde cualquiera puede ser descartado, la cortesía se vuelve un lujo. Lo que reina es el miedo. El mensaje es: sos reemplazable. Y si sos reemplazable, te autocensurás, competís, te aislás.
Salecl dice algo clave: el burnout no surge solo por exceso de trabajo, sino —fundamentalmente— por la falta de sentido. Estamos agotadas de correr para llegar a ninguna parte. De esforzarnos en un mundo que exige rendimiento infinito pero ofrece futuro mínimo. Y el cuerpo, que no lee teorías pero sí lee realidad, lo traduce en ansiedad, insomnio, depresión, irritabilidad.
La vulgaridad en el trabajo no es “mala educación”: es el síntoma cotidiano de un modelo que necesita disciplinar sin declarar la guerra. El management moderno aprendió una verdad simple: es más barato producir obediencia con inseguridad que con salarios dignos.
El impostor perfecto: quienes dudan sufren, quienes no dudan mandan
Acá Salecl se pone fina. Habla del impostor, de la distancia entre el yo real y el ideal del yo. Y recupera el “síndrome del impostor” (Clance & Imes, 1978): personas capaces —sobre todo mujeres— que viven su propio éxito como un fraude, temiendo ser descubiertas.
Lo interesante es el reverso: en la cúspide suelen estar quienes no dudan. Quienes se autoperciben merecedores sin fricción. Y muchas veces son los verdaderos impostores, porque el sistema premia la confianza sobreactuada más que la capacidad real. En política, esto se vuelve todavía más claro: la seguridad performática funciona como credencial. La duda, en cambio, se lee como debilidad.
Y acá aparece una pregunta peligrosa: ¿cómo es posible que sociedades enteras confundan arrogancia con liderazgo? Porque en un mundo competitivo, la arrogancia simplifica: promete. No problematiza, ordena. No explica, sentencia. Y el público, cansado, ansioso, precarizado, se aferra al que suena “firme”, aunque esa firmeza sea pura crueldad.
La vulgaridad, entonces, no es solo un estilo. Es un modelo de autoridad.
Microcuento (pero demasiado real): el aula convertida en sucursal del mercado
Una escena mínima, cotidiana, casi silenciosa:
Una docente entra al aula y en vez de preguntarse qué mundo están habitando esos pibes, tiene que llenar planillas. Hablar de objetivos medibles. Convertir la lectura en “competencias”. Convertir el pensamiento en “output”. Y convencer a adolescentes exhaustos de que estudiar sirve porque “te vuelve empleable”, no porque te vuelve libre.
Salecl plantea que el neoliberalismo transformó de manera drástica el sentido de la escuela: ya no se trata de adquirir conocimientos para habitar el mundo con otros, sino de entrenarse para el éxito económico individual. La escuela deja de ser espacio común y se vuelve escalera personal. Si no subís, es tu culpa. Si te caés, no hay red: hay coaching. Si no llegás, algo hiciste mal.
La vulgaridad acá se vuelve elegante. No grita. No insulta. Dice “innovación”, “excelencia”, “eficiencia”. Palabras de marketing para tapar una idea brutal: el que no rinde, sobra.
La cortesía como infraestructura democrática: sin máscaras, caos
Salecl plantea algo que parece menor y es gigante: las máscaras de la cortesía —aunque sean máscaras— sostienen la cohesión social. No porque la cortesía sea “buena onda”, sino porque funciona como límite. Es el mínimo acuerdo de que el otro no es una cosa. Sin ese mínimo, la convivencia se vuelve guerra.
Y ahí entra la apatía política. Salecl recoge el debate: algunos liberales decían que la apatía no era necesariamente mala. Pero el problema es que la apatía no se distribuye de manera pareja: se concentra abajo. Los sectores más golpeados se cansan, cierran los ojos, sobreviven. Mientras arriba el poder se administra con precisión.
¿Y qué hace el autoritarismo contemporáneo con esa fatiga? La explota. No entra con botas; entra con reformas, captura institucional, comunicación directa por redes y producción serial de enemigos. El agua se calienta lento. Y cuando nos damos cuenta, ya estamos viviendo en un clima donde el insulto es método y el desprecio es doctrina.
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