Festival Antirracista y Antifascista en Buenos Aires

 Reunirse cuando el odio gobierna

Este sábado 31 de enero, de 14 a 22 horas en el C Art Media y con entrada gratuita, el Festival Antirracista y Antifascista organizado por DIAFAR se planta en Buenos Aires para discutir racismo, xenofobia y autoritarismo en un país donde el odio ya tiene micrófono oficial.

por Melina Schweizer

En una época en la que el odio dejó de ser un exceso marginal para convertirse en política pública, reunirse ya no es una costumbre cultural, sino una forma concreta de resistencia. Este sábado 31 de enero, Buenos Aires será sede del Festival Antirracista y Antifascista, un encuentro político y cultural organizado por la Diáspora Africana de la Argentina (DIAFAR) que se desarrollará de 14 a 22 horas en el C Art Media (Av. Corrientes 6271), con entrada libre y gratuita, en un contexto marcado por el ajuste económico, el vaciamiento deliberado del Estado y la rehabilitación explícita de discursos racistas, negacionistas y autoritarios promovidos desde el gobierno de Javier Milei.

No se trata de un festival pensado como refugio ni como celebración identitaria edulcorada. Se trata de ocupar el espacio público en un clima de época que habilita la violencia simbólica, legitima el desprecio y convierte la crueldad en virtud política, mientras se criminaliza la protesta social y se vacían de contenido los consensos democráticos construidos tras décadas de lucha.

La propuesta articula pensamiento crítico, activismo y música en vivo, pero su núcleo no es el espectáculo, sino la disputa por el sentido, en un país donde el racismo ya no necesita esconderse detrás de eufemismos técnicos ni de silencios cómplices, porque ha encontrado validación institucional y retórica presidencial.

Participarán referentes del campo social, político, cultural y académico, junto a voces internacionales del pensamiento afrodiaspórico, feminista y decolonial, en una jornada que busca dotar de densidad política a un debate que el poder intenta reducir a “excesos discursivos” o “malos entendidos culturales”. Porque el racismo no es un problema de formas: es una estructura, y como toda estructura, necesita ser desmontada tanto hacia afuera como hacia adentro.

Ahí aparece una de las incomodidades que el festival —si es fiel a su potencia política— debería animarse a alojar. El antirracismo, cuando se vuelve consigna sin autocrítica, corre el riesgo de convertirse en un espejo complaciente. Por eso resulta necesario imaginar —no como profecía sino como intervención política deseable— que Federico Pita, fundador de DIAFAR, corra el eje y ponga sobre la mesa un tema que suele quedar fuera de agenda: la xenofobia que también atraviesa a la propia comunidad negra, incluso en contextos de lucha y resistencia.

No se trata de autoflagelación ni de concesiones al discurso dominante. Se trata de honestidad política. El colonialismo no solo dejó marcas en los Estados, las economías y las fronteras nacionales; dejó también fronteras internas, jerarquías heredadas y desconfianzas que se reproducen incluso entre cuerpos racializados. El racismo no solo expulsa desde afuera: también se internaliza, se administra y se reproduce.

Hablar de xenofobia intracomunitaria no debilita la lucha antirracista; la fortalece. Porque desnuda el modo en que el sistema funciona mejor cuando logra fragmentar, clasificar y enfrentar a quienes históricamente excluyó. Cuando instala la pregunta de quién pertenece plenamente y quién apenas es tolerado, de quién es “de acá” y quién debe justificar permanentemente su presencia.

En ese mismo registro incómodo, el reciente señalamiento público de la artista afrodescendiente Alika contra el músico Fidel Nadal por violencia de género volvió a exponer otra zona sensible: los pactos de silencio que atraviesan a las escenas culturales. Cuando una denuncia clara, sostenida y pública no logra interrumpir la circulación simbólica de ciertas figuras, el problema deja de ser individual y se vuelve estructural. No se trata de “cancelación”, sino de responsabilidad colectiva.

El reggae —como tantas expresiones culturales nacidas de la resistencia negra— habla de justicia, igualdad y emancipación. Pero cuando esos valores no se aplican hacia adentro, se transforman en estética. Una estética cómoda, rentable y políticamente correcta, que denuncia al sistema mientras reproduce lógicas patriarcales y violentas con notable eficacia.

Estas discusiones no son cómodas. Y no deberían serlo. La comodidad nunca fue un valor emancipador. El fascismo avanza cuando los conflictos reales se tapan bajo consignas prolijas, cuando la violencia se naturaliza y el odio se vuelve costumbre.

La grilla artística del festival acompaña ese espíritu como lenguaje político, no como decoración. Porque el arte no suaviza el conflicto: lo vuelve compartible, lo hace circular, lo transforma en experiencia colectiva. Bailar, escuchar, debatir y encontrarse no es evasión; es reconstrucción de lo común en sociedades empujadas al aislamiento, la competencia permanente y el “sálvese quien pueda”.

A un año de la multitudinaria marcha antirracista y antifascista del 1º de febrero de 2025 —que reunió a cientos de miles de personas en Argentina contra las políticas del gobierno nacional—, la convocatoria vuelve a formular una pregunta que el poder preferiría evitar: qué tipo de sociedad se construye cuando el racismo deja de avergonzar al Estado y empieza a ser administrado desde él.

La respuesta no vendrá en forma de unanimidad ni de programas cerrados. Vendrá —si viene— en forma de tensiones asumidas, discusiones incómodas y una decisión política mínima pero urgente: no confundir unidad con silencio, ni libertad con indiferencia.

Porque, en tiempos de avance reaccionario, el antirracismo y el antifascismo no son consignas del pasado.
Son condiciones básicas para que la convivencia no se degrade en espectáculo de crueldad.

Y si incomodan, es porque todavía sirven.






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