Gladys no existe para el Estado

Una mujer vive desnuda entre chanchos, sin DNI, sin escuela, sin médico ni agua potable. Nadie la ayudó en 16 años. Nadie. Gladys Domínguez es la prueba viviente de que el Estado argentino puede ver la miseria y seguir durmiendo tranquilo.

Gladys

Hay historias que no deberían existir. Y sin embargo, existen. Como la de Gladys del Carmen Domínguez, una mujer que está alrededor de los treinta años que vive —si es que a eso puede llamársele vivir— desnuda, entre plásticos y chanchos, en un paraje olvidado del departamento Pellegrini, en Santiago del Estero. Una mujer que no eligió la marginalidad, sino que fue empujada a ella por el abandono sistemático de un Estado que hace décadas se ha vuelto experto en mirar para otro lado.

A Gladys la conocimos gracias a un video crudo, directo y desgarrador subido al canal de YouTube Néstor Pavón. Un recorrido de casi veinte minutos por la miseria más profunda del norte argentino. Una miseria que no es solo material, sino también simbólica: el olvido como política, la desidia institucional como norma.

Gladys no habla. No se deja ver con facilidad. Hace dieciséis años —es decir, desde su adolescencia— comenzó un proceso de aislamiento que nadie logró interrumpir. Vive en una “casita” de dos por dos, hecha con bolsas de plástico negro y maderas podridas, a 500 metros del Río Salado. No tiene agua potable, no tiene ropa, no tiene atención médica, no tiene contención psicológica, no tiene DNI actualizado (El DNI que tiene es de cuando tenía 8 años), no tiene acceso a una pensión, no tiene nada. Pero lo que más duele es que, por lo visto, tampoco tiene patria. O al menos no una que la reconozca como ciudadana.

La familia de Gladys cobra una pensión mínima, pero solo puede retirarla una vez al mes, pagando $90.000 por un viaje especial de 160 kilómetros ida y vuelta. El costo del traslado se come casi toda la ayuda estatal, convirtiendo la asistencia en una burla más del sistema. 

Su sobrina, de 23 años, tampoco sabe leer ni escribir. Vive con ella y con otros tres miembros de una familia donde la pobreza se heredó como apellido, y la exclusión se normalizó como si fuera destino. “Nadie nos ayuda, nadie viene”, dice con una voz opaca, casi resignada, mientras carga agua del río en una carretilla para poder cocinar y lavar.

Mientras tanto, Gerardo Zamora, el gobernador eterno de Santiago del Estero y actual presidente pro tempore del Norte Grande, se reúne por videollamada con directivos del BID para anunciar nuevas líneas de crédito al sector privado. Fondos millonarios, promesas de inversión, discursos sobre el “desarrollo productivo” y el “fortalecimiento del empleo”. Palabras vacías que no logran traspasar el monte denso donde Gladys sobrevive como un espectro entre ramas y plásticos.

¿Hasta cuándo vamos a romantizar la pobreza rural como si fuera una postal pintoresca del "interior profundo"?,¿Cuántas Gladys más tienen que aparecer para que las estructuras estatales entiendan que los derechos no se mendigan, se garantizan?. Lo que pasa con Gladys no es un caso aislado. Es la expresión brutal de un sistema que expulsa a quienes no encajan en su lógica de productividad, consumo y normalidad.

El canal Néstor Pavón no solo mostró una situación de extrema vulnerabilidad, sino también una denuncia social que debería incomodar a cada funcionario público de este país. Porque mientras Gladys duerme con los chanchos, el Estado duerme con los ojos abiertos. Ve, pero no actúa. Sabe, pero no interviene. Reconoce, pero no abraza.

Quizás la historia de Gladys incomode. Quizás preferiríamos no saber que hay mujeres desnudas, abandonadas, silenciadas por el sistema. Pero como escribía Almudena Grandes, “la memoria no puede ser selectiva si quiere ser justa”. Hoy, la memoria nos exige mirar a Gladys. No para convertirla en objeto de lástima, sino en sujeto de derechos.

El caso de Gladys Domínguez no es un accidente. Es una consecuencia. Una consecuencia de políticas públicas que no llegan, de profesionales que no pisan el barro, de discursos que no bajan del PowerPoint. Es hora de que la justicia social deje de ser una consigna y se convierta en una acción concreta. Porque cada día que Gladys duerme entre plásticos, el Estado argentino se hunde un poco más en su propia vergüenza.

Puedes ver su historia haciendo clic en el siguiente enlace:

https://www.youtube.com/watch?v=5UmV_PyHtmM

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