Por una POLÍTICA DE LA ESPERANZA
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Por MELINA SCHWEIZER
En un mundo marcado por conflictos armados y crisis humanitarias, la obra de Byung-Chul Han, "Espíritu de la esperanza" adquiere una relevancia particular. Mientras las noticias y las narrativas cinematográficas, al estilo de "Mad Max" o series como "Black Mirror", nos bombardean con imágenes de violencia y destrucción, popularizando la idea de un futuro distópico y apocalíptico, el filósofo surcoreano nos invita a cultivar la esperanza como antídoto contra la desesperanza y como fuerza motriz para construir un futuro más justo y pacífico. A través de un profundo análisis de la condición humana y un llamado a la acción, Han nos ofrece una visión optimista que desafía los discursos predominantes sobre el fin de los tiempos. Así, el filósofo surcoreano nos invita a reflexionar sobre el papel de la esperanza en la superación de los conflictos y en la construcción de sociedades más resilientes y equitativas.
El libro comienza con unos versos del poeta franco-rumano Paul Celan: "Mientras aún le quede luz a la estrella, nada estará perdido. Nada." Con este epígrafe, Han introduce su reflexión sobre cómo el miedo impregna nuestra sociedad: "Nuestros días están rodeados por el fantasma del miedo. Parece que los apocalipsis están de moda, se vende el miedo." Este "fantasma del miedo" no solo está presente en la vida real, sino también en la literatura y el cine, donde nos asomamos con angustia a un futuro sombrío. Hemos perdido la esperanza frente a la multitud de problemas sin resolver y a las innumerables crisis que se acumulan; la vida se ha reducido, finalmente, a una mera supervivencia. Nuestra sociedad de la supervivencia se parece a un enfermo que intenta, desesperadamente, escapar de una muerte que se avecina. En este contexto, solo hay una cosa que nos puede permitir vivir de verdad y no solo sobrevivir: la esperanza.
Es la esperanza la que puede devolvernos un horizonte de sentido y otorgarnos un futuro. Esperar significa dejar que la realidad se impregne de futuro, lo que nos permite creer en él. Sin embargo, hoy en día se difunde un clima de miedo que mata toda esperanza e impide imaginar un futuro posible.
El miedo crea un ambiente depresivo, marcado por sentimientos de angustia y resentimiento, que terminan arrojando a las personas a los brazos de populismos de derecha, que atizan el odio y abandonan toda solidaridad. El aumento del miedo y el resentimiento embrutecen a toda la sociedad y amenazan la democracia, porque ésta es incompatible con el miedo y solo puede prosperar en una atmósfera de diálogo.El régimen neoliberal es un régimen de miedo: hace que las personas se aíslen mediante una competencia indiscriminada y la presión por el rendimiento. Este aislamiento narcisista genera soledad, y nuestra conducta se ve cada vez más marcada por el miedo al fracaso y a no estar a la altura. Nos auto-explotamos creyendo que nos estamos "realizando", lo que convierte al miedo en un impulsor de la productividad.
El optimismo no se diferencia sustancialmente del pesimismo; es solo su reflejo inverso. Ambos viven en un tiempo cerrado y estancado; el optimista es testarudo como el pesimista. Ni para el optimista ni para el pesimista existe un evento que pueda modificar el curso de los acontecimientos, pues ambos adoptan una postura fatalista. En cambio, la esperanza escapa de la cárcel de un tiempo cerrado y apuesta por las posibilidades que podrían liberarnos de aquello que no debería existir.
La esperanza también se diferencia del pensamiento positivo y de la psicología positiva. La psicología positiva intenta reemplazar pensamientos negativos por positivos, haciendo a cada persona responsable de su propia felicidad y rechazando la idea de que el sufrimiento se transmite socialmente. Este enfoque privatiza el sufrimiento y, por ende, aísla a las personas, desinteresándolas por los demás, pues cada uno se enfoca solo en su propia felicidad. En cambio, la esperanza no le da la espalda a la negatividad; emerge desde la vida compartida y lanza un "nosotros". La esperanza es una intensidad, una pasión que surge frente a la negatividad.
Hoy, la vida se reduce a la supervivencia, como ocurre con la inmanencia del consumo. Los consumidores no tienen esperanza, tienen deseos. Cuando el consumo lo abarca todo, el tiempo se reduce a un presente perpetuo, sin espacio para el futuro. Hoy, los jóvenes y los trabajadores no tienen esperanza; tienen deseos. Cuando el consumo es todo lo que hay, el tiempo se reduce a un presente perpetuo de necesidades y satisfacciones, un presente que no sueña, que no genera nada nuevo, un presente reducido a sí mismo, sin mañana ni futuro. Este presente no incluye la acción decidida de comenzar de nuevo. Existir sin un horizonte de sentido hace imposible actuar y tener esperanza, que es mucho más que esperar pasivamente y desear, como suele creerse.
Cuando soñamos despiertos, activamos visiones creativas de un futuro con bases reales; son sueños que nos llevan a actuar, imaginando lo venidero, lo que aún no existe. En esas visiones, estamos atentos al futuro. A diferencia de los sueños nocturnos, en los cuales aparece el pasado, el "yo" en los sueños nocturnos es introvertido y ensimismado, no está abierto a lo distinto. Por eso, sólo los visionarios que sueñan despiertos pueden liderar una revolución, ya que esas visiones tienen un potencial indómito. Los revolucionarios sueñan de día; la esperanza no tiene cabida en los sueños nocturnos. La esperanza precede a la acción, y las personas pueden actuar porque son capaces de esperar. Es el espíritu de la esperanza el que inspira la acción, infundiendo una pasión por lo nuevo. Sin el espíritu de la esperanza, la acción se reduce a un mero hacer o a resolver problemas.
La narrativa de la vida define lo bueno, lo bello, lo valioso, lo que tiene sentido y lo que merece la pena. Hoy asistimos al desmoronamiento de esa narrativa, y sin ella, se destruye el mundo con sus valores y normas; incluso se produce el desmoronamiento del lenguaje y de los conceptos con los que comprendemos la vida. Si se rompe el entramado de sentido, solo queda hacer cosas sin sentido, actuar a ciegas. Y cuando ya no parece posible ninguna acción, surge la desesperación absoluta. ¿Qué puede salvarnos de esta desesperación absoluta?, se pregunta el autor. Cuanto más profunda sea la desesperación, más intensa será la esperanza que germina al borde del abismo. La esperanza solo es posible en la fragilidad, en la zozobra; la luz de la esperanza se enciende en las tinieblas más profundas.
Václav Havel, referente de los derechos humanos checos, dijo que la esperanza se entiende, sobre todo, como un estado espiritual, una dimensión anímica. No es un pronóstico; es una orientación para el espíritu. No se puede explicar la esperanza como algo que deriva meramente de lo espiritual, del mismo modo que no se puede explicar la alegría solo porque las cosas nos vayan bien. Las raíces de la esperanza se hunden en algo trascendente, en nuestra capacidad de esforzarnos por algo simplemente porque es bueno, y no porque su éxito esté garantizado. Por eso, la esperanza no es optimismo: no consiste en la convicción de que algo saldrá bien, sino en la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo termine. Aunque la esperanza se opone a la angustia, estructuralmente es afín a ella, pues ni la esperanza ni la angustia se refieren a nada concreto. Esta relación con lo abstracto es lo que diferencia la angustia del miedo: el miedo se siente ante algo extraño, mientras que la angustia surge por el mero hecho de estar en el mundo. La angustia se define como un estado de ánimo; esta indeterminación es precisamente lo que le confiere tanta intensidad, al igual que ocurre con la esperanza, cuyo objeto no se puede representar de forma completa. Sin embargo, la esperanza templa nuestro ser porque también es un estado de ánimo, un sentimiento básico que sostiene la existencia.
Este texto expone una reflexión profunda sobre la esperanza, entendida como un estado de ánimo y una disposición interna que no solo se vincula a la expectativa de un futuro mejor, sino también a una dimensión trascendente que conecta al "yo" con el "tú". La esperanza, en este sentido, no es meramente optimismo ni una emoción aislada; es una fuerza que genera dinamismo, abre a la acción y crea vínculos con los demás. Esta visión se distancia de la concepción Heideggeriana de la angustia, que surge cuando se desmorona el mundo familiar, dejando al individuo en un vacío existencial.
El autor, al diferir de Heidegger, propone que la existencia no debe fundamentarse en la angustia, sino en la esperanza, ya que es esta la que permite la construcción de un "nosotros", un sentido de comunidad. Mientras que la angustia provoca aislamiento, la esperanza genera amor y vinculación, creando la posibilidad de un futuro compartido. La diferencia clave radica en la forma en que se entiende el "yo" en relación con los otros: Heidegger enfoca la existencia en la individualidad y la soledad, mientras que el autor de este texto sugiere que la verdadera esperanza trasciende el "yo" y se extiende al otro, en un acto de "diligencia amorosa".
El filósofo alemán, a pesar de reconocer la importancia de la esperanza en Ser y tiempo, la limita a una visión de "esperar para uno mismo", donde el futuro se ve como una expectativa personal. En cambio, Han sostiene que la esperanza genuina es una forma de trascender el propio ser, abriéndose hacia el otro, hacia el "nosotros". Esta esperanza es análoga a la fe, no como un simple deseo de que algo positivo suceda, sino como un acto de confianza en el otro y en la posibilidad de algo más grande y común.
El concepto de esperanza aquí presentado, por lo tanto, tiene una dimensión ética y comunitaria, vinculada a la fe, el amor y la confianza. Solo a través de la esperanza, entendida como un movimiento hacia el otro, se puede superar el abismo de la desesperación y crear un futuro compartido.


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