¿Hay vida más allá del capitalismo? Un viaje por las ideas de Mark Fisher
¿Estás cansado del mismo cuento? ¿Crees que hay otra forma de organizar la sociedad? Mark Fisher, un filósofo y crítico cultural inglés, nos legó un pensamiento profundo y provocador sobre las posibilidades de trascender el capitalismo. En su obra póstuma, "Deseo Postcapitalista", Fisher explora las raíces del malestar contemporáneo y plantea preguntas fundamentales sobre el futuro de nuestra sociedad. ¿Es posible imaginar un mundo más allá del capitalismo? ¿Qué alternativas existen?. En este artículo, nos sumergiremos en las ideas de Fisher y exploraremos las implicaciones de su pensamiento para nuestro presente y futuro.
Por: Melina Schweizer
El libro póstumo de Fisher es la transcripción de las primeras cinco clases del seminario "Deseo postcapitalista" que Fisher dictó en 2016 en la Universidad de Londres y que quedó inconcluso por su muerte en enero de 2017. "Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo", afirmaba Mark Fisher en su libro más célebre, Realismo capitalista, y en su seminario da continuidad a esta línea discursiva y plantea, a manera de hipótesis, la pregunta: ¿existe un deseo de algo más allá del capitalismo?.
En la idea de que pudiera haber un más allá del capitalismo, Fisher prefiere el término "postcapitalismo", que supone neutralidad, a diferencia de la carga negativa que tiene la palabra "comunismo", por ejemplo. A su vez, "postcapitalismo" tiene dos ventajas centrales respecto a los términos "comunismo" y "socialismo": por un lado, no está contaminado por proyectos fallidos, y por otro, el prefijo "post" implica dejar el capitalismo atrás; se trata de un "después". "Postcapitalismo" se refiere a la existencia de algo que está más allá del capitalismo, que se desarrolla a partir de él y lo trasciende. Es lo que viene cuando el capitalismo haya terminado. Lo que debe quedar claro es que no se trata de lo opuesto al capitalismo, no se trata de una absoluta alteridad, de un puro "afuera". El postcapitalismo no será necesariamente progresista y tampoco debe considerarse bueno per-se.
La contracultura: ¿un sueño hippie o una semilla para el futuro?
¿Recuerdas los vibrantes años 60 y 70, marcados por protestas, música innovadora y un anhelo profundo por transformar el mundo? Mark Fisher nos invita a reflexionar sobre aquellos movimientos contraculturales que, aunque a menudo se ven como ingenuos, fueron los primeros pasos para cuestionar las estructuras de poder establecidas. Sin embargo, ¿por qué estos movimientos no lograron instaurar un cambio social radical y duradero?
Fisher, en su búsqueda por vislumbrar un futuro postcapitalista, analiza a fondo estos movimientos y los relaciona con corrientes como el aceleracionismo y la inhibición de la conciencia de clases. La contracultura de los 60 y 70, con su ideal de comunidades alternativas y su rechazo al consumismo, representó un intento genuino de construir una sociedad más justa y equitativa. No obstante, diversos factores obstaculizaron su éxito.
Fisher, al citar a Ellen Willis, identifica tres obstáculos clave que enfrentó la contracultura: la impaciencia por resultados rápidos, la juventud de sus miembros y la escasez de recursos. La institución familiar, arraigada en la historia y satisfaciendo necesidades fundamentales, demostró ser más resistente de lo que los contraculturales habían anticipado. Además, la juventud de muchos activistas y la falta de recursos económicos limitaron su capacidad para mantener un compromiso a largo plazo.
Pero, ¿cómo podemos recuperar aquel espíritu de rebeldía y construir un futuro más justo? Fisher sugiere que debemos volver a la estética, a la cultura. La música, el arte y otras expresiones culturales pueden servir como catalizadores para el cambio social y político. La contracultura demostró que el arte puede ser una herramienta poderosa para cuestionar el status quo y construir nuevas visiones del mundo.
Sin embargo, el capitalismo ha sido hábil en cooptar y comercializar la cultura contracultural. El "capitalismo de la creatividad" ha transformado los ideales rebeldes en productos de consumo, despolitizando y domesticando el potencial subversivo del arte y la cultura, argumenta Fisher.
Fisher señala que Herbert Marcuse, un filósofo crítico de la sociedad industrial avanzada, ya había advertido sobre el peligro de la abundancia. Según Marcuse, el capitalismo, al satisfacer las necesidades materiales de la población, lograba mantenerla controlada y dócil. De esta manera, la escasez artificial se utilizaba para generar insatisfacción y mantener el motor del consumo en marcha. Para evitar que las personas se organicen y cuestionen el sistema, el realismo capitalista, según Fisher, promueve el individualismo y la atomización social. Al fomentar la competencia y la búsqueda del éxito individual, impide que las personas se unan en torno a proyectos colectivos. Esto coincide con la idea de Georg Lukács sobre la 'Totalidad', que sugiere que para comprender los problemas sociales es necesario analizar el sistema en su conjunto y no solo sus partes aisladas.
Fisher, siguiendo a Lukács, define la ideología como un mecanismo que transforma lo que es proceso y devenir en algo fijo y permanente. El primer objetivo de la ideología es clausurar la posibilidad de cambio, presentando el status quo como natural e inmutable. El segundo paso es invisibilizarse, ocultando su propia naturaleza ideológica detrás de una apariencia de objetividad.
Sin embargo, al analizar el conjunto de relaciones sociales, la ideología se vuelve visible. Al darse cuenta de que su situación no es natural, sino producto de estructuras sociales, los grupos oprimidos pueden comenzar a transformar su realidad. Por ejemplo, cuando los trabajadores comprenden que el problema no es individual, sino sistémico, pueden unirse para luchar contra la explotación. De manera similar, cuando las mujeres reconocen el patriarcado como una estructura de poder, pueden desafiarlo de forma colectiva.
Tomar conciencia no es simplemente tener conocimiento, sino actuar en consecuencia. En un sistema capitalista, la clase social no es una realidad evidente, sino una construcción social. El trabajador individual puede no ser consciente de su posición dentro de una clase, pero al comprender las relaciones sociales en su conjunto, puede desarrollar una conciencia de clase. Sólo el proletariado, al estar en una posición de subordinación, tiene la posibilidad de ver la totalidad del sistema y, por lo tanto, de transformarlo.
La burguesía, al ser el grupo dominante, tiende a naturalizar el sistema y a no cuestionar su propia posición. Sin embargo, es precisamente el grupo dominado el que, al experimentar la opresión, tiene la capacidad de ver las contradicciones del sistema y de luchar por un cambio.
La conciencia de clase
En los años 70, la conciencia de clase era un fenómeno arraigado en las masas obreras, que cuestionaban activamente al Estado y al sistema capitalista. Sin embargo, el cambio hacia un modelo económico postindustrial, caracterizado por la precarización laboral, la tercerización y la relocalización, debilitó significativamente esta conciencia, según el autor. La fragmentación del trabajo, la disminución de los espacios de socialización laboral y la intensificación de la competencia individualista dificultaron la construcción de una identidad de clase compartida. La proximidad física, el diálogo y los intereses comunes, fundamentales para forjar una conciencia colectiva, se vieron socavados por las nuevas formas de organización del trabajo refirió Fisher.
El capitalismo, consciente de esta amenaza, ha promovido activamente la atomización social y la individualización. Al generar una escasez artificial de tiempo y bienes, el sistema impulsa a los individuos a centrarse en sus necesidades inmediatas, dificultando la reflexión crítica y la acción colectiva para Fisher.
La izquierda y el poder: una relación compleja y problemática
Fischer ofrece una mirada crítica al papel de la izquierda en la transformación social. Citando a Wendy Brown, introduce el concepto de "melancolía de izquierda" para describir una tendencia a priorizar el análisis político y el apego a ideales del pasado, en detrimento de la acción y la construcción de alianzas en el presente.
La izquierda, marcada por históricas derrotas, ha desarrollado una especie de melancolía que la ancla al pasado. En lugar de aprender de los errores y mirar hacia el futuro, se aferra a ideales revolucionarios puros y absolutos. Fischer denomina a esta postura "superyó leninista".
Este "superyó leninista" se manifiesta en una desconfianza hacia cualquier propuesta reformista o gradual. La izquierda, según este enfoque, solo acepta transformaciones radicales y totales, lo cual resulta poco realista en el contexto actual. Como consecuencia, se establece un modelo único y rígido de cambio político, inspirado en la Revolución bolchevique, y cualquier desviación de este modelo es considerada un fracaso.
Además, existe una profunda desconfianza hacia el poder. La izquierda tiende a asociar el poder con la opresión y la corrupción, lo que la lleva a evitarlo a toda costa. Esta actitud, si bien comprensible, impide a la izquierda participar activamente en la política institucional y limita su capacidad para generar cambios reales.
La "melancolía de izquierda" y el "superyó leninista" han llevado a la izquierda a adoptar una postura de resistencia pasiva, según el análisis de Fisher. En consecuencia, en lugar de proponer alternativas viables y construir alianzas estratégicas, esta actitud, si bien noble en su intención, limita su capacidad de transformar la sociedad, concluye Fisher.
Aceleracionismo vs. Economía Comunitaria: “Debates en la Búsqueda de un Postcapitalismo”
Fisher cita a las geógrafas J.K. Gibson-Graham, quienes argumentan que no existe tal cosa como "la economía"; en realidad, existen múltiples actividades económicas que giran en torno a la narrativa capitalista, dando forma a un mundo capitalocéntrico. Dentro del multifacético mundo del trabajo, el trabajo asalariado en una empresa capitalista ocupa un espacio ínfimo en comparación con todas las otras formas de trabajo: en las escuelas, en la calle, en los barrios, en la familia, en el hogar (no remunerado), en las cooperativas, entre los jubilados, etc. Si tomamos en cuenta este mundo del trabajo, no hay una única economía implicada en la producción, sino muchas formas diferentes. Esto es una señal de la existencia de economías que no son capitalistas. Tal es el caso de la economía comunitaria versus la economía dominante o capitalista. La economía comunitaria es local, a pequeña escala, cooperativa, descentralizada, culturalmente diferente, socialmente arraigada, orientada al mercado local, de propiedad social y localmente autosuficiente; mientras que la economía dominante, en cambio, es global, a gran escala, competitiva, centralizada, culturalmente homogénea, socialmente desvinculada, orientada a la exportación, de propiedad privada y parte de la cadena de suministro planetaria.
Alex Williams y Nick Srnicek, autores del manifiesto aceleracionista, llaman a la economía comunitaria "política folk" y consideran que la división más importante de la izquierda actual se da precisamente entre política folk y política aceleracionista. La política folk pregona el localismo y el horizontalismo, y pretende establecer pequeños espacios atemporales no capitalistas, evitando enfrentar al enemigo global, lo cual, dicen los autores, asegura el fracaso. En cambio, una política aceleracionista busca preservar las conquistas del capitalismo tardío al mismo tiempo que va más allá de lo que permite su sistema de valores, acelerando el capitalismo hasta un punto de ruptura, no para perpetuar sus vicios, sino para superarlos y abrir paso a un nuevo orden social y económico. La pregunta que subyace en el aceleracionismo es si es imaginable un mundo postcapitalista: ¿es posible conservar la estructura del deseo del capitalismo e ir más allá del capital?
La primera fase del aceleracionismo se da en los años 90, encabezada por Nick Land, y se basa en la idea de que el capital es la fuerza más poderosa que haya existido jamás en la Tierra. Lejos de querer desmantelar o abolir el capitalismo, esta corriente pretende, por el contrario, exacerbar y acelerar para liberar el progreso e impulsarlo hacia nuevos límites, y llegar a un tipo de postcapitalismo que no significa un retroceso, sino un intento de llevar al capitalismo al extremo. Luego surge una segunda fase en el proceso del aceleracionismo de izquierda, cuando Williams y Srnicek, en 2015, plantean que se requiere la automatización plena para evitar que el futuro postcapitalista deba estar entre la abundancia a expensas de la libertad moral y ética, o la libertad a expensas de la abundancia, una utopía primitiva. Los argumentos a favor de la automatización plena sostienen que puede conducir a una sociedad que libere a la humanidad del trabajo pesado, reduciendo drásticamente la jornada laboral. Sin embargo, Fisher cuestiona que, en una distopía capitalista como la que vivimos, cuanta más automatización hay, más miseria se genera, porque se traduce en menos trabajos, más desempleo y mayor debilidad sindical.
El resentimiento como fenómeno social e individual según Fisher
Fischer aborda una cuestión de gran actualidad: el resentimiento como fenómeno social e individual. Recurriendo al historiador estadounidense Jefferson Cowie, define el resentimiento como la fuerza motriz de la reacción. En esencia, el resentimiento es una forma de anti-solidaridad que mina la conciencia colectiva. Es la voz que clama: "Yo no recibo lo que otros reciben", en lugar de buscar soluciones colectivas.
A partir de la década de 1970, con el cambio de paradigma económico, la clase social dejó de ser el eje central del discurso político. Carlos Marx ya había anticipado esta tendencia, describiendo la psicología pequeño-burguesa como una paradoja: formar parte de una clase y, al mismo tiempo, sentirse ajena a ella. Esta dinámica se observa hoy en la identificación masiva con una difusa "clase media".
El clímax de esta tendencia se alcanzó a finales del siglo XX, cuando el entonces Viceprimer Ministro Británico, John Prescott, afirmó que "ahora todos somos clase media". Esta afirmación, aparentemente inclusiva, en realidad encubre una doble contradicción: niega la existencia de clases sociales y, al mismo tiempo, refuerza la idea de una única clase sin antagonistas, anulando así la lucha de clases.
La desaparición de la conciencia de clase va de la mano con la fantasía de identificarse con los dominantes. Hoy se promueve la idea de que todos podemos ser ricos, solo falta tener más dinero. Esta ilusión alimenta un resentimiento individualizado que se dirige hacia grupos específicos, como la élite profesional o política, en lugar de cuestionar las estructuras de poder subyacentes.
El resurgimiento de la clase en la última década, en fenómenos como el Brexit o el triunfo de Trump, no ha ido acompañado de una conciencia de clase transformadora. Al contrario, ha sido instrumentalizado por discursos identitarios que fragmentan la clase y desvían la atención de las verdaderas causas de la desigualdad.
Históricamente, la lucha de clases ha sido la gran narrativa de la izquierda. Sin embargo, con el auge de las luchas identitarias, la clase ha pasado a compartir protagonismo con otras categorías como la raza y el género. Si bien estas luchas son legítimas, es importante reconocer que a menudo son utilizadas para diluir la lucha de clases, que es la que realmente cuestiona el orden social existente.
Una verdadera conciencia de clase es inclusiva y abarca todas las identidades. Sin embargo, en la actualidad, la derecha ha capturado el discurso de la clase, transformándola en una identidad más. Esta estrategia permite canalizar el resentimiento de los trabajadores hacia chivos expiatorios, evitando así una verdadera transformación social.
Fischer concluye que el resentimiento, exacerbado por la crisis de la conciencia de clase y la atomización identitaria, ha emergido como una fuerza política disruptiva. Superar esta situación demanda la reconstrucción de una conciencia de clase capaz de articular un proyecto de transformación social que vaya más allá de las identidades fragmentadas.


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